Siento mucho los retrasos, actualizaré el blog de vez en cuando, pero tened paciencia, please:



La vida de un sacerdote en Madrid es algo compleja, hacemos lo que podemos y que Dios ponga el resto. Si quieres contribuir pide a Dios que nos envíe más sacerdotes.

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sábado, 19 de agosto de 2023

Tercer curso de juveniles: LA CARIDAD


 Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: 

"La caridad

1822 La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios."

Es virtud regalada no alcanzada con esfuerzo. Es un don de Dios, sin embargo, como más adelante veremos es necesario usar la voluntad y podemos crecer en ella en un trabajo conjunto entre la gracia de Dios y mi libre correspondencia. Se trata de preferir a Dios por encima de todo y amar a cada persona por amor de Dios. No es amar porque sean majos o se lo merezcan, sino porque Dios me lo pide porque Él mismo les ama. Aquí también se ve que no se trata de amar a los demás hasta despreciarme a mí mismo, pues Dios también me quiere a mí y, por eso, también me tengo que cuidar. Si me despreciara, ofendería a Dios, que ha dado su vida por mí.

"1823 Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando a los suyos “hasta el fin” (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12)."

La vieja Ley, los mandamientos, aquí se quedan escasos. Tengo que amar como Dios me ama a mí. No me basta con no odiar. Todo lo que el Padre me ha dado, así tengo que dar yo. Igual que el Padre ama a Jesús, dándole todo el ser, dándole todo lo que Él es, así también me ama a mí y de este modo tengo yo que amar.

"1824 Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: “Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor” (Jn 15, 9-10; cf Mt 22, 40; Rm 13, 8-10)."

Realmente, la fe supone esta caridad de querer cumplir los mandamientos de Dios y los mandamientos de Dios son el amor. La plenitud de la Ley es la caridad y la razón de todos los mandatos de Dios. Ésta es la voluntad de Dios, que seamos capaces de amar y que amemos en la medida en la que vamos descubriendo su propio amor por nosotros. Hasta el punto de que la fe se puede definir como la certeza de que Dios nos ama y los actos de amor que nosotros hacemos, son el fruto de la fe. Sin obras de amor, no hay verdadera fe.

"1825 Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía “enemigos” (Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos (cf Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9, 37) y a los pobres como a Él mismo (cf Mt 25, 40.45)."

Si la caridad es amar como Dios ama, entonces es evidente que tenemos que amar a nuestros enemigos, pues Dios me amó cuando pasaba de Él, incluso cuando le odiaba y despreciaba, Él ya estaba dando su vida por mí. ¿Cómo no voy yo a amar de la misma manera? Y sobre todo que amemos a sus preferidos: los pobres, los sencillos, los más tontos y de los que menos podremos obtener nada.

"El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 4-7)."

 Este texto de San Pablo es fantástico: nos muestra que de lo que está realmente hablando es del amor que Dios nos tiene. Así tenemos que amar nosotros, pero sin la gracia de Dios es absolutamente imposible amar así.

"1826 Si no tengo caridad —dice también el apóstol— “nada soy...”. Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma... si no tengo caridad, “nada me aprovecha” (1 Co 13, 1-4). La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1 Co 13,13)."

Las virtudes, los méritos, las mortificaciones... Nada tiene sentido si no lo hacemos por amor a Dios. Ésta es la verdadera caridad. No se trata ni siquiera de amar para poder salvarnos, ni de devolver favores o parecer que somos buenos. Todo tiene sentido, exclusivamente desde el amor a Dios y el amor de Dios. La fe es fiarse, la esperanza es confiar, la caridad es la raíz de las tres virtudes teologales, su centro y su razón de ser. De nada aprovecha la fe, sino va dirigida a la caridad. Por mucha fe que tengas, si no amas por puro amor de Dios, no te salvas.

"1827 El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es “el vínculo de la perfección” (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino."

La caridad es el centro, el fundamento y la razón de toda la vida cristiana. Sin caridad, ya puedo vivir una pureza exquisita y no pecar nunca, que simplemente por no amar ya estaría pecando. La caridad es la que hace divino todo lo que tú realices en esta vida. La caridad es el amor de Dios, a través de ti. Dios puede amar a quien tú te entregues.

"1828 La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del “que nos amó primero” (1 Jn 4,19):"

Sin esta caridad, nuestra vida estaría sometida a la esclavitud, lo que garantiza tu libertad es la vivencia de la caridad. Si haces las cosas por un motivo distinto de la verdadera caridad, acabarás siendo esclavo de tus pasiones, de lo que pienses de ti, de un persona de la que dependas... Sólo vivir del amor de Dios te hará libre. Por que sólo Dios te ama por ti mismo y no por lo que pueda obtener de ti, que es lo que nos esclaviza.

"«O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda [...] y entonces estamos en la disposición de hijos» (San Basilio Magno, Regulae fusius tractatae prol. 3)."

 Sólo quien actúa por puro amor de Dios se aparta del servilismo o del interés propio, que reduce nuestro corazón y envilece nuestra mirada y la pureza del corazón.

"1829 La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión:

«La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos» (San Agustín, In epistulam Ioannis tractatus, 10, 4)."

 Si amas como Dios te ama, si vives la caridad, entonces disfrutarás con la presencia de Dios en tu vida, te llenarás de paz, sabiendo que estás donde Dios te quiere y además, vivirás sabiendo reconciliar a todas las personas, rescatando lo que de bueno haya en cada uno. La caridad exige también la valentía de saber corregir. Caridad no es el "buenismo" de pensar que todos lo hacen todo bien, sino que tiene el coraje de corregir buscando lo mejor para el otro. Eso motiva que los demás también vayan aprendiendo a amar cada vez más, suscita un cambio en todos y nos conduce a la comunión entre todos y con Dios. Además, es muy importante que no se mezcle con egoísmos, soberbias y vanidades, sino hacerlo todo por puro amor de Dios. Es la verdadera y más auténtica forma de amistad. 

Que todo en nuestra vida nos lleve a esa caridad, es la finalidad de toda la economía de la salvación, de todo proyecto de Dios. Es la voluntad de Dios por antonomasia.

Ésta es la santidad.


Preguntas para hacer a los chavales:

  1. ¿Cómo entiendes tú la santidad?
  2. ¿Qué es lo que Dios quiere para ti?
  3. ¿Qué es lo que Dios quiere de ti?
  4. ¿Cuál es la verdadera razón por la que debemos amar a cada uno?
  5. ¿En qué consiste realmente el amor?
  6. ¿Qué es lo más importante de la vida cristiana?
  7. ¿Para qué Cristo nos ha dado la Iglesia, el evangelio y la gracia?
  8. ¿Cómo tengo que amar?
  9. ¿Amar es ser bueno con todos y no corregirles para mostrarles cariño?
  10. ¿Es necesario tener relación con Dios, vivir los sacramentos, para poder vivir la caridad? ¿Por qué?
  11. ¿Qué has aprendido en esta catequesis?

sábado, 19 de noviembre de 2011

Siempre he dicho lo mismo, ¡me han copiado la frase!

La familia es el gran negocio de la vida
Leopoldo Abadía
Ingeniero, escritor
y antiguo profesor de la escuela de negocios IESE
Un extraño en casa: comunicación con el adolescente
Victoria Cardona
        El gran gurú de la economía española, como se le conoce tras el best seller 'La crisis ninja y otros misterios de la economía actual', disecciona ahora la familia. También con su particular estilo.
- ¿La familia es lo más valioso que tenemos?
        - Sí. Es el primer y principal negocio de la vida. Pero, como siempre, se nos puede olvidar.
- Porque en todas cuecen habas.
        - En todas. Cualquier problema que pueda tener usted en la suya lo puedo sufrir yo.
- Padre de doce hijos y 41 nietos, usted echó el resto en el negocio.
        - Y, además, muy contento. Ni mi mujer ni yo tenemos la sensación de haber hecho una gran heroicidad. ¿Que hemos tenido que trabajar? Sí. Soy hijo único y mi padres también echaron el resto conmigo.
- ¿Qué tal maneja esa empresa?
        - Yo conocí a mi mujer cuando estudiaba cuarto de Medicina. Dejó la carrera por mí a los 15 días de hacernos novios. ¡Nunca le dije nada! Nos repartimos los papeles. Ella se quedó de directora general; yo, de comercial. Llevaba la administración, los recursos humanos, la logística... Yo traía los pedidos a casa.
- ¿Sus nueras y yernos qué opinan de ese director comercial?
        - Dicen que es muy majo. Ja, ja. No puedo garantizar que lo crean.
- '36 cosas que hay que hacer para que una familia funcione'. ¿Por dónde empezamos?
        - La familia está formada por individuos irrepetibles.
- ¿Y?.
        - A los que hay que querer como son, no cómo nos gustaría que fueran. Los padres desearíamos que nuestros hijos fuesen los más guapos y listos del barrio.
- Y a veces no es posible.
        - Pues no. Es guapo porque nos parece a nosotros y no es muy listo pero es nuestro hijo. Y a éste hay que ayudarle, del mismo modo que al que no es guapo hay que animarle a que se lo crea.
- Tampoco es cuestión de mentir.
        - La familia se basa en quererse mucho y regalarse detalles de cariño.
- Sigamos.
        - Y siempre hay que fiarse de los hijos. En casa sólo decimos una cosa. 'Haced lo que queráis, pero avisad si venís a comer o a cenar'. A efectos burocráticos para saber cuánta carne hay que preparar.
- Habrá tenido que hacer mucha.
        - Y muchos huevos, chorizos y empanados. Lo mejor que le puede ocurrir a una familia es que un domingo, a las 3.30 de la tarde, se presente un hijo en casa con seis amigos suyos a comer.
- No sé qué pensarán muchas madres, ¿pero por qué lo cree?
        - Porque significa que él y sus amigos están a gusto. Suelo repetir lo que le leí a la primera ministra no­ruega. Cuelga un cartel en su hogar que dice «Una casa tiene que estar suficientemente limpia para que sea higiénica y suficientemente sucia para que sea confortable».
- Recalca la necesidad de sonreír...'
        - Es obligatorio. La vida tiene suficientes amarguras.
'-... y en celebrarlo todo.
        - A mis nietos les felicito el día de su santo y cumpleaños y en el aniversario de su bautizo y primera co­munión. A veces alguno me pregunta 'abuelo, ¿esto por qué?'
- ¿Recuerda el nombre de todos?
        - Sííííííííí. Ya me sé los nombres de las dos que vienen: Sol y Cecilia. Me los sé todos, aunque con dos siempre me equivoco. Cada vez que vienen a casa, le pregunto a mi mujer '¿éste, quién será?'
- ¿Qué tienen esos pequeños?
        - Son dos muy seguidos que se me parecen mucho a mí. Aunque ya no yerro. Cuando llega alguno de ellos digo: '¡Hola, guapo!'
- ¿Cómo le funcionaron las medidas de economía doméstica?
        - Por obligación. Cuando tienes tanta gente hay que gastar con la cabeza. Llega un momento en que se juntan colegios y universidades y tienes la sensación de que no acaba nunca. Hablo desde la experiencia de una familia de doce hijos, pero, cuidado, que no estoy diciendo que hay que tener doce hijos.
- ¿Se planteó tener tantos?
        - Nunca. Hace unos meses mi mujer me soltó '¿sabes que no hemos hablado aún del número de hijos?' Le pregunté si quería y me dijo '¡para qué!' Fueron llegando.
- ¿Suelen juntarse todos?
        - Si no los 66, cuarenta y tantos con mucha frecuencia.
- ¿Dónde vive?
        - En Barcelona. Tenemos dos pisos. Ahora sobra sitio, porque los hijos ya están casados. Pero nos hicimos una casa en el campo muy grande y se nos ha quedado pequeña.
- Normal.
        - Mi mujer sólo le pidió dos cosas al arquitecto. Que tuviera muchas camas y muchos sitios para hacer pis. Tiene 22 camas fijas, no literas, y 7 cuartos de baño.
- ¿La familia tiene futuro?
        - Claro. Es el principal negocio.
- Hay familias irrecuperables.
        - Tristemente. Por eso hay que abortar cualquier problemica. Hay problemazos que fueron problemicas en su inicio.
- ¿En su familia también riñen?
        - Gracias a Dios, no hay problemazos, lo que es un milagro.
- Ya que se hizo famoso escribiendo de economía, ¿cuándo saldremos de esta maldita crisis?
        - Falta mucho porque aún desconocemos su dimensión.
- Con su forma de hablar y escribir, ¿usted es el gran negocio?
        - ¿Sabe qué he logrado? Que la familia se ría de mí. Ahora, llama un hijo a casa, se pone mi mujer y pregunta '¿está el gurú?' ¡Será idiota!
         En el hogar de Abadía tienen por costumbre rezar y dar las gracias a Dios «antes y después de cada comida». La bendición corre a cargo del nieto más pequeño que «sabe rezar», explica este ingeniero convertido en un fenómeno mediático. «Aunque hay un aspecto fundamentalísimo: la libertad absoluta. Lo que no podemos hacer es convertir en odioso el rezo», subraya.
        Famoso por explicar la economía con un lenguaje coloquial, resta trascendencia al reto de haber sacado adelante, junto a la mujer con la que lleva casado 53 años, un hogar tan poblado. «Todas las cosas acaban saliendo. Y no me gusta la palabra austeridad. En casa siempre se decía que sólo había dos clases de carne: rebozada y sin rebozar», sonríe.
 

La Teología del Cuerpo de Juan Pablo II.
El fundamento de la sacramentalidad del matrimonio
Pasajes más relevantes de la comunicación al congreso internacional sobre la Teología del Cuerpo, celebrado en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, de Roma, del 9 al 11 de noviembre, por el profesor Miguel Paz LC*.
Miguel Paz LC.
ROMA, lunes 14 noviembre 2011 (ZENIT.org).
Sí, quiero
        Juan Pablo II pone el fundamento de la sacramentalidad del matrimonio en la “imagen y semejanza con Dios que desde “el principio”, esto es, en el “plan original” de Dios, tiene la unión entre el hombre y la mujer. El paralelismo que encontramos en Génesis 1, 27: “A imagen suya los creó / macho y hembra los creó” revela que la “unión de los dos” representa la más originaria visibilidad del amor de Dios (o de Dios que es Amor) en el mundo. Esta idea la resume Juan Pablo II en la Familiaris Consortio n. 11:
        Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión.
        La “unidad de los dos” en el capítulo segundo del Génesis se expresa como unión en “una sola carne”. Adán después de haber pasado revista a los animales sin encontrar en ellos un “ayuda semejante” (una “ayuda adecuada” traduce Juan Pablo II), reconoce en el cuerpo de Eva su propia humanidad, la imagen de Dios: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2, 23) y de este reconocimiento surge la unión: “por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y se harán una sola carne” (Gn 2,24). El cuerpo sexuado lleva “inscrita” en su visibilidad la llamada al amor y a la comunión más íntima. Es lo que Juan Pablo II llama el “significado esponsal” del cuerpo humano.
        Jesucristo, al expresar su concepción del matrimonio en su respuesta a la cuestión del divorcio (cfr. Mt 19 = Mc 10) se remite “al principio” : Moisés permitió el divorcio, pero “al principio no fue así” (Mt 19, 8) y une Gn 1,27 con Gn 2, 24: «¿No habéis leído que el Creador, al principio, “los hizo varón y hembra”, y que dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?” De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19,4-6).
        San Pablo, recogiendo la enseñanza de Cristo, tiene en mente Gn 2, 23-24 cuando expresa lo que Juan Pablo II llama la “gran analogía” entre la unión del hombre y la mujer en “una sola carne” y la unión entre Cristo y la Iglesia. En el capítulo 5 de la Carta a los Efesios, exhortando a los esposos cristianos a amar a sus esposas, pone como modelo el amor entre Cristo y su Iglesia: «Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne”. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5, 29-32).
        Esta “gran analogía” recorre la Sagrada Escritura. Procede de la tradición profética y conecta perfectamente con el hecho de que “la unidad de los dos” “en una sola carne” sea “imagen y semejanza de Dios” desde el punto de vista del amor y la comunión. Y el amor y comunión de Dios con respecto a la humanidad, en la Escritura se llama “Alianza”, primero de Dios con su Pueblo, luego perfectamente cumplida en la unión de Cristo con su Iglesia, la “Nueva Alianza”.
        El matrimonio, para S. Pablo es “misterio” con respecto a Cristo y la Iglesia, esto es, manifestación y participación del plan de salvación de Dios escondido desde la eternidad y en la plenitud de los tiempos revelado y realizado en Cristo. Es sacramento de la Nueva Alianza.
        Vamos a profundizar algo más en esta línea a partir de la expresión “una sola carne”, ¿cuál es su significado? La expresión “una sola carne” en su sentido más físico, hace referencia inmediata a un dato biológico común a todos los seres sexuados: que los órganos masculino y femenino funcionan como un solo órgano para realizar una función que ninguno de los dos puede realizar solo: la generación de un nuevo ser viviente, semejante al padre y a la madre y de su misma especie.
        Este hecho biológico, en el ser humano adquiere un significado muy superior, pues se integra en la unidad de la persona humana y en su relación con los demás y con Dios: «La índole sexual del hombre y la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de vida», nos enseña el Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes, n. 51). Es un significado de amor, un “significado esponsal”, que al mismo tiempo es una exigencia moral, una “vocación al amor” pues toda digna relación humana de algún modo se resume en el amor. Esta “vocación al amor” se realiza en el matrimonio o en la castidad consagrada por el reino de los cielos. (También podemos decir que la realiza quien sin casarse o consagrarse vive la castidad propia de su estado y se esfuerza por cumplir el precepto del amor a Dios y al prójimo.)
        La diferencia-complementariedad entre el hombre y la mujer es el más básico ser-el uno-para-el-otro que existe a nivel de relaciones humanas, y hace posible el amor que llamamos sexual. En el ser humano el acto sexual se abre a la procreación como acto de amor. El amor de los progenitores se difunde en el amor hacia el hijo que viene procreado. El matrimonio es el único “lugar” existencial en que el ejercicio físico de la sexualidad alcanza su dignidad de amor, pues se integra en la donación mutua de toda la persona. Dice Juan Pablo II en la Familiaris Consortio n. 11:
        El único "lugar" que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección conscien­te y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo (Gaudium et Spes, 48), que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadera significado.
        Y es que en el ser humano, este fenómeno de la diferencia-complementariedad entre el hombre y la mujer, que llamamos sexualidad, abarca todos los niveles de la persona: el biológico-corporal, el psicológico, el espiritual, este último entendido no sólo como inteligencia y libertad, sino también en su apertura a Dios. Esta apertura la llena Dios mismo con su gracia, elevando al hombre al nivel de participación a la misma vida divina, a nivel sobrenatural. Los tres primeros niveles están unidos por la naturaleza humana, que es naturaleza racional, capaz de conocimiento y amor, es la naturaleza de la persona humana. El nivel sobrenatural, que da al amor la plenitud última a la que tiende, se alcanza solamente por don de Dios y, aunque implique directamente y en primer lugar el nivel espiritual, precisamente por la unidad sustancial de la persona humana, alcanza también los otros niveles. Es toda la persona la que por la gracia queda unida a Dios. De nuevo citamos el n. 11 de la Familiaris Consortio:
        En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual.
        El sacramento del matrimonio encuentra su explicación precisamente en este encuentro entre dos realidades que atañen a toda la persona humana: la sexualidad y la gracia. El matrimonio adquiere un significado y una realidad superior, sobrenatural, a la luz del “misterio”, es decir, de la realización del plan eterno de salvación en Jesucristo.
        Como enseña el Concilio Vaticano II, «Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, revela plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et spes n. 22). ¿De dónde viene últimamente la capacidad y la exigencia de amor interpersonal a la que está llamada la sexualidad humana? Toda verdadera unión de amor entre los seres humanos participa del amor de Dios, es su reflejo “a su imagen y semejanza”. Más en concreto, la unión de amor entre el hombre y la mujer es el modo más “originario” en que se refleja el amor de Dios por la humanidad, que encuentra su culmen en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, la perfecta Imagen del Padre.
        Jesucristo en los Evangelios se presenta como “el Esposo”; viene a culminar la Alianza entre Dios y la humanidad. Por el amor que recibe de Dios en Cristo, la persona recobra su integridad y la armonía entre todos los niveles de su ser, llega a ser en sí misma “imagen y semejanza” de Dios. Al mismo tiempo, se hace capaz de amar verdaderamente a los demás “a imagen y semejanza” del Amor de Dios. Este Amor ha sido derramado en los corazones de los cristianos con el Espíritu Santo que les ha sido dado (cfr. Rm 5,5). Y es que el matrimonio no sólo es imagen de la comunión Cristo-Iglesia, sino también de la comunión Padre-Hijo en el Espíritu Santo. Estas dos analogías se deducen la una de la otra: la entrega mutua de Cristo y su Iglesia es imagen y realización en la historia de la entrega eterna del Padre y el Hijo. Así se expresa Juan Pablo II, en la Mulieris Dignitatem, n. 7:
        Ser persona a imagen y semejanza de Dios comporta también el existir en relación al otro “yo”. Esto es preludio de la definitiva autorreve­lación del Dios uno y trino: unidad viviente en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu San­to. (...) Dios, que se deja conocer por los hombres por medio de Cristo es unidad en la Trinidad: es unidad en comunión. (...) El hecho de que el ser humano, creado como hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individual­mente es semejante a Dios como ser racional y libre; significa además queel hombre y la mujer, creados como "unidad de los dos" en su común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo, reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina.
        Podemos decir que si la unidad del hombre y Dios en Jesucristo es afirmada y aceptada, entonces se afirma también la unidad entre los diversos componentes de la persona, y la unidad de las personas entre sí en relaciones de verdadero amor. Si se niega la encarnación de Cristo, se niega la unión entre la humanidad y la divinidad y se termina por negar la unidad psicofísica del hombre y la unión entre los seres humanos. No se capta ya el significado humano de lo biológico, y menos todavía el significado sobrenatural de lo humano. Esta disgregación de significados es, según Juan Pablo II, el gran error del pensamiento moderno, como podemos ver en la Carta a las Familias, n. 19:
        La separación entre espíritu y cuerpo en el hombre ha tenido como consecuencia que se consolide la tendencia a tratar el cuerpo humano no según las categorías de su específica semejanza con Dios, sino según las de su semejanza con los demás cuerpos del mundo creado, utilizados por el hombre como instrumentos de su actividad para la producción de bienes de consumo. Pero todos pueden comprender inmediatamente cómo la aplicación de tales criterios al hombre conlleva enormes peligros. Cuando el cuerpo humano, considerado independientemente del espíritu y del pensamiento, es utilizado como un material al igual que el de los animales —esto sucede, por ejemplo, en las manipulaciones de embriones y fetos—, se camina inevitablemente hacia una terrible derrota ética.
(…)
        Para el racionalismo es impensable que Dios sea el Redentor, y menos que sea«el Esposo»,fuente originaria y única del amor esponsal humano. El racionalismo interpreta la creación y el significado de la existencia humana de manera radicalmente diversa; pero si el hombre pierde la perspectiva de un Dios que lo ama y, mediante Cristo, lo llama a vivir en él y con él; si a la familia no se le da la posibilidad de participar en el «gran misterio», ¿qué queda sino la sola dimensión temporal de la vida?Queda la vida temporal como terreno de lucha por la existencia, de búsqueda afanosa de la ganancia, la económica ante todo.
        El gran esfuerzo de la Iglesia en los tiempos modernos está siendo el de suturar este desgarramiento, esta fragmentación en la auto-comprensión del ser humano. El Concilio Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium et Spes, la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, las Catequesis sobre el amor humano en el plan divino de Juan Pablo II, junto con la monumental producción de su pontificado en torno al matrimonio y a la familia, son las piedras miliares en este camino contracorriente a una civilización que con lógica implacable se precipita a las conclusiones de unas premisas mal puestas y ciegamente mantenidas.
        Podemos resumir así el evangelio del matrimonio, que hoy más que nunca la Iglesia debe proclamar:
        El amor entre el hombre y la mujer, fundado sobre su diferencia-complementariedad sexual, que les hace ser uno para al otro y les abre a la transmisión de la vida humana, alcanza su digna realización en el matrimonio, el cual, a la luz del plan divino de salvación, es imagen y participación en el mundo visible y sensible del amor único, indisoluble y fecundo de Dios por la humanidad, que encuentra su plenitud en el amor entre Cristo y la Iglesia, imagen y participación a su vez del amor entre el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo,en el seno de la Trinidad.
* Miguel Paz LC es profesor extraordinario de Teología del Sacramento del Matrimonio en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.
 

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Boletin 179. Semana del 14  al 20 de Noviembre de 2010

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Foro Español de la Familia 2011

viernes, 18 de noviembre de 2011

La vida sale al encuentro de Martín Vigil

Interrogantes.net

A muchos adultos les cuesta más que a la gente joven crear ese ambiente sobrio y riguroso que tanta falta hace a todos

      He releído La vida sale al encuentro, una magnífica novela de José Luis Martín Vigil publicada en 1955, que marcó a varias generaciones hasta llegar a ser un clásico de la literatura española de posguerra.
      Es una narración en primera persona de Iñaqui, un muchacho de quince años que estudia en el Colegio Apóstol Santiago de Vigo en el año 1951. Su relato es todo un despliegue adolescente que va descubriendo las emociones de la vida y su drama, el amor y la muerte de los seres queridos, las formidables luchas entre su gran corazón y sus incontrolables pasiones.
      Las descripciones tienen una gran riqueza de matices afectivos, que permiten seguir todo el proceso de interiorización de los conflictos que le van curtiendo en su transformación vital. No es una novela piadosa ni sentimental, pero sí de sentimientos y de ideales. Su impronta pedagógica es muy importante. Quizá llaman la atención algunas cosas que eran normales en los años cincuenta y ahora no lo son. Es obvio que los tiempos han cambiado, pero se mantiene lo principal, pues la juventud sigue siendo etapa de metas elevadas, de exigencias fuertes y de ejemplos claros.
      El Padre Urcola orienta a unos muchachos que, como todos, son muy vulnerables a las emociones y a los impulsos propios de su edad, y ellos mismos descubren la importancia de contar con un consejero experto y certero en esa etapa tan decisiva de sus vidas. Les habla de todas esas luchas interiores, de esas pequeñas victorias que los van transformando poco a poco en personas adultas, y les hace ver cómo ninguna de esas victorias queda sin registrar en el libro de la propia vida, esa historia que nunca miente. Les va enseñando a encajar el dolor y les desvela la importancia del sacrificio si quieren conseguir algo que merezca la pena. Sin moralismos simples, les hace comprender que, estando como están, metidos en cuerpos a medio hacer, quizá tenidos en menos por los mayores, o por los que se creen serlo, han de demostrar su verdadera madurez encauzando su inconformismo a combatir en primer lugar su propia mediocridad.
      Lo fundamental que describe la novela siegue siendo totalmente válido. La gente joven anhela mucho más, hoy igual que sucedía hace cincuenta o sesenta años, o hace cien. Están forjando sus vidas y han de demostrar su valor. Necesitan que se les hable con sinceridad, con exigencia, con confianza. Hay que darles menos consejos y más responsabilidad, menos teorías y más ejemplo, menos divagaciones y más coherencia. No hay que ponerles las cosas fáciles, hay que hablarles como a adultos, sin sermonear, sin mirarles por encima del hombro, sin darles lecciones, sin añorar viejos tiempos ni creernos mejores que ellos.
      No necesitan de explicaciones pazguatas sobre obviedades sexuales que conocen perfectamente, sino ayudarles a descubrir modos mejores de entender el amor. No necesitan dinero sino disciplina que les permita escapar de la trampa de la dependencia en la que muchos han caído. En el trabajo y en su formación necesitan paciencia y oportunidades, y saben que tienen que aprender de sus errores y pagar por ellos si es preciso.
      La vida excesivamente confortable ha retrasado la llegada de la madurez y ha infantilizado ya a demasiada gente. Necesitan y aceptan la autoridad y la disciplina, quieren reglas de juego claras, austeridad, más ambiente de trabajo y menos contemplaciones. Entienden la exigencia y la templanza, la necesitan. El problema quizá es que a muchos adultos les cuesta más que a ellos mismos crear ese ambiente sobrio y riguroso que tanta falta hace a todos. 


Alfonso Aguiló

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Que las parroquias comencemos a cuidar a las familias:

He tenido dos conversaciones con distintos amigos.

Con Luis empezamos a hablar sobre la necesidad de crear un grupo de familias para trabajar con toda la familia. De algún modo vemos que no nos satisface la idea de hacer grupos de matrimonios, como si con eso ya estuviera blindada la familia. Veíamos la necesidad de llevar a cabo encuentros de un día en que saliendo de casa, podamos reunirnos con más familias enteras. De modo que se puedan hacer actividades de padres y niños juntos. Por ejemplo, con la excusa de una barbacoa o una paellada, podíamos lograr algún rato de formación (no sólo un grupo de auto-ayuda) sino de formación doctrinal en general según grupos de edades (aunque en algún momento se podrían juntar todos los grupos para que participaran de la misma formación -pues la Iglesia tiene un único puchero del que comemos todos-); después organizaríamos juegos entre padres, madres, hijos e hijas; para terminar con una Misa para toda la familia.

Esto podría ser cada mes o algo parecido. Además, poco a poco, podríamos ir montando campamentos y convivencias familiares, ejercicios espirituales... A medida que todo vaya engarzárdose.

Ayer por la noche vino uno de mi grupo de carismáticos para plantear a Don Manuel invitar a gente de la parroquia a acudir al encuentro de las familias de Milán con su grupo familiar. Se me ocurrió que en vez de eso, este encuentro de Milán podría ser la primera acción que desarrollara la parroquia para todas las familias. De modo, que vayamos teniendo actividades familiares parroquiales cíclicas. Así conseguiríamos ser una parroquia para la familia.

Hasta ahora, sólo colgaba algún artículo... A partir de ahora cuelgo todo el boletín (porque se lo merecen):

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Boletin 178. Semana del 7 de Noviembre al 13 de Noviembre de 2011

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Los Artículos de San José fueron creados con el fin de ayudar a los gobiernos y a la sociedad civil a promover los derechos humanos mediante una interpretación adecuada de cómo los derechos del niño por nacer se encuentran protegidos en el derecho internacional. Los artículos deberían ser usados para refutar falsas afirmaciones, como ser la noción errónea de que el aborto es un derecho humano.
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La dignidad de la vida humana por José Luis Requero


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