Ante las elecciones, por favor, reconozcan que existe la verdad, búsquenla y ámenla.
¡Señor que yo sea capaz de amar como Tú Amas, que sea capaz de sufrir como Tú sufres!
Siento mucho los retrasos, actualizaré el blog de vez en cuando, pero tened paciencia, please:
La vida de un sacerdote en Madrid es algo compleja, hacemos lo que podemos y que Dios ponga el resto. Si quieres contribuir pide a Dios que nos envíe más sacerdotes.
Un fuerte abrazo
La vida de un sacerdote en Madrid es algo compleja, hacemos lo que podemos y que Dios ponga el resto. Si quieres contribuir pide a Dios que nos envíe más sacerdotes.
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viernes, 18 de noviembre de 2011
martes, 15 de noviembre de 2011
viernes, 11 de noviembre de 2011
Si eso voy...
A veces, te encuentras con personas que no quieren caer mal, pero tampoco van a ir donde les propones ni muertas. De este modo, te ponen una sonrisa perfecta y te dicen: "Bueeeno... Si eso voy", en esto hay variedad: "me paso, voy, me acerco, quizás, a lo mejor, si pillo un hueco..."
Cada vez es más normal. De hecho, hoy por hoy, sorprende quien dice: "Mira, no me apetece nada". Cada vez que me encuentro alguien que dice que "no" a la cara, me encanta. Me doy cuenta de que es una persona cabal, noble y leal, que merece la pena.
Todos tenemos muchos conocidos que nos mienten como descosidos: "No, es que...". Personalmente desterraría el "es-que" del vocabulario español.
¿Tanto importa que piensen que no quieres salir ese día porque prefieres estar tirado en casa? ¿Es tan grave que sepan que no te apetece nada ir a un retiro o ver al Papa en la JMJ? ¿Qué van a pensar de ti? Si te conocen sabrán perfectamente que posiblemente no te apetezca nada y te han llamado por si cae la breva y si no te conocen, ¿qué te importa lo que vayan a pensar?
Es más, cuando alguien se atreve a decirme que no quiere ir, lo valoro mucho más. No pongáis excusas. De hecho hay una palabra que designa a los que dicen "Si eso voy". Del mismo modo que hay Boys Scouts, también tenemos un especimen muy común, demasiado común y vulgar, denominado Siesos Boys. Son "siesos", cobardes y se creen que no te vas a dar cuenta. ¡Cuánto valoro un "NO" por respuesta!
¡¡ Siesos Boys
qué tontos sois !!
De excusas y otras razones para engañarnos a nosotros mismos...
En esta vida siempre estamos eligiendo, aunque muchas veces no nos demos cuenta porque hay elecciones que ya hemos tomado visceralmente y nunca volvemos a plantearnos. Otras veces, nos resulta muy duro decirle a alguien que no y arrastramos una mala decisión por miedo al marido/mujer o al jefe, a los padres o a la novia.
En ocasiones decimos: "Es que no me da la vida". ¿Qué queremos decir realmente? En el fondo, decir esto supone que hemos tomado ya un camino y no queremos o no nos atrevemos a corregirlo.
Realmente es muy duro darse cuenta de que hay algo que no funciona y no quiero o no creo que tenga fuerzas para arreglarlo. "Mira, todo el mundo tira de mí, en mi trabajo me exigen, en casa me exigen, en la parroquia me exigen... y ya no puedo sacar más horas del día".
En todo caso, deberías plantearte. ¿Quiero que me vivan o quiero vivir yo mi propia vida? Esto no es una excusa para el egoísmo, sino plantearnos las cosas en serio. Quiero decir, quien vive la vida soy yo. Soy quien debe elegir qué camino recorrer. A veces, es cierto, que es más fácil dejar que los otros decidan qué quieren que tú hagas, pero la responsabilidad de tu vida es tuya.
Tu director espiritual no se va a condenar por lo que tú hagas, aunque te haya dado un mal consejo. Eres tú quien debe responder de la popia vida. Es normal que tus jefes te pidan cada vez más, lo mismo que tu mujer... Pero ¿qué crees que debes hacer tú?
No se trata de hacer lo que te apetezca, no es la excusa para pasar de tus obligaciones. Es justo lo contrario, que afrontes la responsabilidad de tu vida y, a lo mejor, lo más importante de la vida no es el trabajo y habrá que decir "no" alguna vez.
Es muy fácil decir "es que no puedo hacerlo porque los demás esperan de mí otra cosa...", pero ¿qué espera Dios de ti? A lo mejor aunque tu mujer quiera que estés todo el día con ella, puede ser mejor reservarte un rato para rezar y así puedes cuidarla con más cariño después porque Dios te va a dar un corazón muy grande. Dedicar tiempo a Dios no es quitárselo a quienes te rodean. En el fondo, si tienes el corazón de Dios en tu pecho, ¿no crees que vas a poder amar más a los demás que si sólo cuentas con tus pobres fuerzas?Cuando te propongan algo no pienses: "Puf!, no me da la vida para más, menudos problemas voy a tener con mi mujer/marido". Piensa si eso es lo que Dios te pide y cómo podrías adaptar tu vida a la nueva situación. Sabiendo que si las cosas son de Dios, al final va a ser mejor para ti, para tu familia y para todos cuantos te rodean.
Como al final, es muy difícil estar planteándonos la vida entera a cada vuelta del camino, por eso es tan importante hacer de vez en cuendo un retiro y, cada año, unos ejercicios espirituales donde pongas en juego todas tus decisiones y toda tu vida.
A lo largo de la vida nos ponemos cientos de viles excusas. Hoy mismo una señora me decía que no podía venir a Misa porque por la tarde sale con sus hijos y por la mañana es muy pronto la Misa. Por la mañana tenemos Misas a las 9:35 y a las 10:30. ¿A las 10:30 pronto? Entonces se eswtablece el siguiente diálogo:
-Yo: ¿A qué hora se va a la cama?
-Señora: A las doce de la noche.
-Yo: Pues puede levantarse a las nueve. Así duerme nueve horas y luego puede venir a Misa de 10:30.
-Señora: Es que entonces despierto a mi yerno y soy una invitada...
Me quedo en silencio sonriendo y termina diciendo: "Si yo siempre estoy dispuesta a todo, por eso D. Ricardo (debe ser el cura de su parroquia) me quiere tanto". Ojalá nos importara más el amor de Dios que el del cura de la parroquia.
Realmente, tenemos miles de excusas para no hacer lo que vemos que Dios nos está pidiendo. ¡Qué importante es no engañarse uno mismo! En el fondo lo que la señora me estaba pidiendo es que la eximiera de algo que ella misma veía que Dios le estaba pidiendo.
Me parece muy bien que no quieras cambiar de vida. No me digas que no puedes. No me mientas. Haz lo que te de la gana, pero date cuenta de que eres tú quien está eligiendo el camino de su vida. Nadie te lo impone, las circunstancias nunca te lo imponen, eres tú quien lo asume. No te engañes, no mientas a Dios, no te busques subterfugios, ni pretextos. Tú eres el único responsable de tus decisiones.
¡Vive tu vida!
sábado, 5 de noviembre de 2011
Una madre y su hijo sacerdote responden a las mismas preguntas:
María Marta se casó en Buenos Aires con Laureano Mones Cazón. Ella estudió turismo, y decidió dedicarse por completo al cuidado de la familia. Ahora trabaja en un colegio. Este año, Pablo, uno de sus hijos, recibió la ordenación sacerdotal. Los dos comparten un objetivo en común: ser santos. En esta entrevista, madre e hijo responden a las mismas preguntas en torno a al ideal de vida que intentan seguir de la mano de san Josemaría.
Menú para todos
San Josemaría solía explicar que tenía "un solo puchero para todos", cuyo contenido es la búsqueda de la santidad en medio de las ocupaciones ordinarias. De ese puchero se pueden alimentar el padre y la madre de familia, el ingeniero, el abogado, el obrero y también el sacerdote... Así lo explica el Padre Pablo:
“En mi casa siempre comimos todos lo mismo. Me parece que en la vida cristiana pasa algo así: a todos nos dan el mismo “alimento”: la oración, los sacramentos… Nunca me llamó la atención la piedad de mis padres, pero sí su confianza en Dios. Con el tiempo supe que hacían un rato de oración cada día. A ellos les debo el noventa por ciento de mi vocación, y –ahora como sacerdote– espero apoyarme en Dios siempre, como ellos; si no, estoy frito.”
-¿Qué significa “buscar la santidad en la vida ordinaria”?
María Marta: Santificar el trabajo es hacerlo para Dios, ofreciéndoselo cuando me gusta y cuando me canso y dejaría todo... Intento seguir hasta terminar porque Jesús así lo hizo por mí: de vez en cuando miro un crucifijo que tengo sobre el escritorio y le digo: ayudame con este asunto que tengo entre manos. Santificar el trabajo es trabajar con Dios.
P. Pablo: Sé que mi trabajo como sacerdote depende de Dios. Sin embargo tengo que pelear para que mis defectos no sean un obstáculo. Es como cocinar bien una receta. El puchero es de Dios, pero si me gana la pereza, el capricho, el mal carácter... se me quema el puchero, y se acabó la fiesta... Si peleo por ser puntual, aprender, estudiar, sonreír… sale el puchero de Dios, que es buenísimo y a la gente le encanta,¡quieren más! La receta está en el Evangelio y yo trato de aprender de un "chef" monumental que es San Josemaría.
-San Josemaría decía que no hay santo sin oración: ¿cómo lo concretas en tu día a día?
P. Pablo: Intento “ser piadoso”, no porque me guste rezar, sino porque me gusta acercarme cada vez más a Dios. Pude leer y ver en videos como San Josemaría hablaba y quería a Jesús, a la Virgen María, a San José. Trataba de descubrir qué les gustaba, y actuaba en consecuencia.
Por eso charlo con Jesús bien temprano y me preparo para la Misa: quiero que vea que lo pongo en primer lugar. Después intento trabajar con orden para aprovechar más el tiempo, que siempre es poco. Rezo la liturgia de las horas. Más tarde un rosario y le hablo a la Virgen de mucha gente querida, del Papa, de la Iglesia... A veces trato de rezar otro, porque Ella hace más que yo en esos diez minutos.
María Marta: Trato de conversar con Dios durante el día. Concretamente, cuando me levanto ofrezco a Dios el día; durante el trayecto hacia el colegio, rezo el rosario. Cuando llego al colegio voy a la capilla para hacer un rato de oración antes de participar en la Misa. Este es el mejor momento del día. Al mediodía rezo el Ángelus con mis compañeras de trabajo. Después, cuando vuelvo de almorzar paso a saludar a Jesús en el sagrario y a la vuelta a casa voy contemplando los misterios del rosario que no recé a la mañana. Al final de la tarde leo un rato un libro que me ayuda y antes de dormir hago un examen de conciencia cortito, rezo unas avemarías... y a la cama.
-Pero el ideal es muy alto, ¿cómo no desanimarse?
María Marta: Con la Confesión. ¿Cuántas veces pido perdón? Miles cada día, aunque me confieso una vez a la semana. La Confesión me ayuda mucho a descomplicarme: borrón y cuenta nueva. Me da fuerzas para seguir.
P. Pablo: Trato de confesarme cada semana. Estoy seguro que si me hubiera casado tendría que pedir perdón más veces. Estoy lejos de ser santo, y Dios “es un santo” conmigo, ¿cómo no le voy a pedir perdón por mi falta de generosidad? Pienso que es lo mínimo que puedo hacer. Cada vez que me confieso me siento reanimado... por su paciencia y por lo mucho que me quiere.
-Una vida así es digna de ser compartida...
María Marta: Sí. En realidad no hago nada “especial” para que mis amigas se acerquen a Dios. Intento ser buena amiga, eso sí. A veces con algún favor, como ellas hacen conmigo. Charlamos de nuestras cosas y del modo de afrontar los problemas. Con Dios, la vida se hace más sencilla, por eso veo que las puedo ayudar compartiendo mi fe, dicéndole cosas que tal vez les ayudan. Ellas saben que busco unos ratos para hablar con Dios, y a veces invito a alguna a acompañarme y les cuento como hago oración o qué libro estoy leyendo...
P. Pablo: Cuando te acercás a Dios, te quema por dentro saber que hay gente que no lo conoce. Por eso, en primer lugar, le pido que más personas se acerquen a Él. Querría que conocieran a Jesucristo hasta en el último rincón de China. Entonces trato de estar más cerca de Dios cada día, y aprovecho la Misa (ahí llego también hasta China). Después, intento ser mejor amigo, sacar tiempo para verlos, enterarme de sus cosas y ayudarlos como ellos me ayudan.
El resto lo hace Dios y cada uno. En Argentina, cuando queremos decir que la gente no es tonta y sabe lo que vale la pena, decimos que “la gente no come vidrio”. Todos quieren ser felices... y Dios sabe qué es lo mejor para cada uno.
-¿Qué aspecto del mensaje de san Josemaría te atrajo especialmente?
María Marta: Yo conocí el Opus Dei cuando tenía 19 años, a través de una amiga mayor que yo que tenía muchos, muchos problemas familiares y lo que más me llamó la atención es que nunca perdía la alegría. Además de todo lo que hacía, rezaba bastante...mucho más que yo. Ella me enseñó a hacer todos los días un rato de oración. Me mostró con su vida que comprometerse en serio a ser santa, buena hija de Dios, era compatible con una vida de casada, con hijos, trabajando, con amigos, el deporte y a estar siempre alegre también en momentos de dolor.
P. Pablo: Quizá me atrajeron más las personas que el mensaje, porque tenía 14 años. Mis padres me habían enseñado que cuando iba a lo de un amigo tenía que saludar primero a sus padres. Cuando pisé por primera vez un centro del Opus Dei, me preguntaron si quería saludar al “dueño de casa”. Dije que sí, pensando en alguien que dirigía ese centro, pero me llevaron a la capilla donde estaba la Eucaristía, Jesucristo.
Era gente común, que creía lo que decía y querían vivirlo. Me di cuenta de que trataban a Dios como alguien muy cercano. Después conocí más a San Josemaría, un padre muy padre. Un hombre como todos y, al mismo tiempo, un santo. Con Dios siempre se puede.
| María Marta y su hijo, Pablo, que fue ordenado sacerdote este año. |
San Josemaría solía explicar que tenía "un solo puchero para todos", cuyo contenido es la búsqueda de la santidad en medio de las ocupaciones ordinarias. De ese puchero se pueden alimentar el padre y la madre de familia, el ingeniero, el abogado, el obrero y también el sacerdote... Así lo explica el Padre Pablo:
“En mi casa siempre comimos todos lo mismo. Me parece que en la vida cristiana pasa algo así: a todos nos dan el mismo “alimento”: la oración, los sacramentos… Nunca me llamó la atención la piedad de mis padres, pero sí su confianza en Dios. Con el tiempo supe que hacían un rato de oración cada día. A ellos les debo el noventa por ciento de mi vocación, y –ahora como sacerdote– espero apoyarme en Dios siempre, como ellos; si no, estoy frito.”
-¿Qué significa “buscar la santidad en la vida ordinaria”?
María Marta: Santificar el trabajo es hacerlo para Dios, ofreciéndoselo cuando me gusta y cuando me canso y dejaría todo... Intento seguir hasta terminar porque Jesús así lo hizo por mí: de vez en cuando miro un crucifijo que tengo sobre el escritorio y le digo: ayudame con este asunto que tengo entre manos. Santificar el trabajo es trabajar con Dios.
P. Pablo: Sé que mi trabajo como sacerdote depende de Dios. Sin embargo tengo que pelear para que mis defectos no sean un obstáculo. Es como cocinar bien una receta. El puchero es de Dios, pero si me gana la pereza, el capricho, el mal carácter... se me quema el puchero, y se acabó la fiesta... Si peleo por ser puntual, aprender, estudiar, sonreír… sale el puchero de Dios, que es buenísimo y a la gente le encanta,¡quieren más! La receta está en el Evangelio y yo trato de aprender de un "chef" monumental que es San Josemaría.
| La familia "al completo", después de la ordenación sacerdotal de Pablo. |
P. Pablo: Intento “ser piadoso”, no porque me guste rezar, sino porque me gusta acercarme cada vez más a Dios. Pude leer y ver en videos como San Josemaría hablaba y quería a Jesús, a la Virgen María, a San José. Trataba de descubrir qué les gustaba, y actuaba en consecuencia.
Por eso charlo con Jesús bien temprano y me preparo para la Misa: quiero que vea que lo pongo en primer lugar. Después intento trabajar con orden para aprovechar más el tiempo, que siempre es poco. Rezo la liturgia de las horas. Más tarde un rosario y le hablo a la Virgen de mucha gente querida, del Papa, de la Iglesia... A veces trato de rezar otro, porque Ella hace más que yo en esos diez minutos.
María Marta: Trato de conversar con Dios durante el día. Concretamente, cuando me levanto ofrezco a Dios el día; durante el trayecto hacia el colegio, rezo el rosario. Cuando llego al colegio voy a la capilla para hacer un rato de oración antes de participar en la Misa. Este es el mejor momento del día. Al mediodía rezo el Ángelus con mis compañeras de trabajo. Después, cuando vuelvo de almorzar paso a saludar a Jesús en el sagrario y a la vuelta a casa voy contemplando los misterios del rosario que no recé a la mañana. Al final de la tarde leo un rato un libro que me ayuda y antes de dormir hago un examen de conciencia cortito, rezo unas avemarías... y a la cama.
| María Marta con dos de sus seis nietos. |
María Marta: Con la Confesión. ¿Cuántas veces pido perdón? Miles cada día, aunque me confieso una vez a la semana. La Confesión me ayuda mucho a descomplicarme: borrón y cuenta nueva. Me da fuerzas para seguir.
P. Pablo: Trato de confesarme cada semana. Estoy seguro que si me hubiera casado tendría que pedir perdón más veces. Estoy lejos de ser santo, y Dios “es un santo” conmigo, ¿cómo no le voy a pedir perdón por mi falta de generosidad? Pienso que es lo mínimo que puedo hacer. Cada vez que me confieso me siento reanimado... por su paciencia y por lo mucho que me quiere.
-Una vida así es digna de ser compartida...
María Marta: Sí. En realidad no hago nada “especial” para que mis amigas se acerquen a Dios. Intento ser buena amiga, eso sí. A veces con algún favor, como ellas hacen conmigo. Charlamos de nuestras cosas y del modo de afrontar los problemas. Con Dios, la vida se hace más sencilla, por eso veo que las puedo ayudar compartiendo mi fe, dicéndole cosas que tal vez les ayudan. Ellas saben que busco unos ratos para hablar con Dios, y a veces invito a alguna a acompañarme y les cuento como hago oración o qué libro estoy leyendo...
P. Pablo: Cuando te acercás a Dios, te quema por dentro saber que hay gente que no lo conoce. Por eso, en primer lugar, le pido que más personas se acerquen a Él. Querría que conocieran a Jesucristo hasta en el último rincón de China. Entonces trato de estar más cerca de Dios cada día, y aprovecho la Misa (ahí llego también hasta China). Después, intento ser mejor amigo, sacar tiempo para verlos, enterarme de sus cosas y ayudarlos como ellos me ayudan.
El resto lo hace Dios y cada uno. En Argentina, cuando queremos decir que la gente no es tonta y sabe lo que vale la pena, decimos que “la gente no come vidrio”. Todos quieren ser felices... y Dios sabe qué es lo mejor para cada uno.
| En el centro, Laureano, con sus seis hijos varones. Esta vez, no aparecen las mujeres de la famila: María Marta -la madre- y María, la única hija... |
María Marta: Yo conocí el Opus Dei cuando tenía 19 años, a través de una amiga mayor que yo que tenía muchos, muchos problemas familiares y lo que más me llamó la atención es que nunca perdía la alegría. Además de todo lo que hacía, rezaba bastante...mucho más que yo. Ella me enseñó a hacer todos los días un rato de oración. Me mostró con su vida que comprometerse en serio a ser santa, buena hija de Dios, era compatible con una vida de casada, con hijos, trabajando, con amigos, el deporte y a estar siempre alegre también en momentos de dolor.
P. Pablo: Quizá me atrajeron más las personas que el mensaje, porque tenía 14 años. Mis padres me habían enseñado que cuando iba a lo de un amigo tenía que saludar primero a sus padres. Cuando pisé por primera vez un centro del Opus Dei, me preguntaron si quería saludar al “dueño de casa”. Dije que sí, pensando en alguien que dirigía ese centro, pero me llevaron a la capilla donde estaba la Eucaristía, Jesucristo.
Era gente común, que creía lo que decía y querían vivirlo. Me di cuenta de que trataban a Dios como alguien muy cercano. Después conocí más a San Josemaría, un padre muy padre. Un hombre como todos y, al mismo tiempo, un santo. Con Dios siempre se puede.
Parece que la presión empieza a dar resultados
Prensa Foro de la Familia
Me produce satisfacción que el resumen del programa electoral del PP se comprometa clara y expresamente con la aprobación de una ley de protección de la maternidad, el impulso y apoyo a las redes de apoyo a las embarazadas y a favor del “cambio del modelo de la actual regulación sobre el aborto para reforzar la protección del derecho a la vida, así como de las menores”. Es de agradecer que el PP manifieste así coherencia con lo que ha defendido durante la pasada legislatura y no se haya dejado sobornar por los chantajes emocionales del lobby abortista y de los seudoprogresistas que no se preocupan ni del niño aún no nacido ni de la mujer.
Me produce satisfacción que el resumen del programa electoral del PP se comprometa clara y expresamente con la aprobación de una ley de protección de la maternidad, el impulso y apoyo a las redes de apoyo a las embarazadas y a favor del “cambio del modelo de la actual regulación sobre el aborto para reforzar la protección del derecho a la vida, así como de las menores”. Es de agradecer que el PP manifieste así coherencia con lo que ha defendido durante la pasada legislatura y no se haya dejado sobornar por los chantajes emocionales del lobby abortista y de los seudoprogresistas que no se preocupan ni del niño aún no nacido ni de la mujer.Para una opinión definitiva habrá que esperar a conocer cómo se desarrolla ese compromiso y cuanto nos acerca al ideal de una legislación que proteja siempre y sin excepción al niño no nacido como el ser humano que es y siempre y sin excepción a la embarazada para que nunca esté sola ante sus problemas.
Conviene también recordar que deben ser suprimidas las previsiones de la actual ley sobre adoctrinamiento ideológico de género en la educación y la sanidad, en coherencia con el apartado del programa del PP sobre libertades y educación.
Benigno Blanco
Presidente del Foro Español de la Familia
martes, 25 de octubre de 2011
La Iglesia se expande al ritmo de las persecuciones:
Don José Luis Mumbiela, nuevo obispo de la diócesis de la Santísima Trinidad en Almaty (al sur de Kazajstan) vino el miércoles y el domingo pasados a mi parroquia, invitado por Don Anastasio Gil, director de Obras Misionales Pontificas de España.
Una de las cosas que más me sorprendió era su sencillez y cercanía. Nos contaba que hace décadas no existía el catolicismo en esas tierras.
Fue "gracias" a las deportaciones stalinistas de polacos, lituanos y alemanes, entre otros, como empezó a haber católicos en el sur de las estepas rusas. Gracias a que Stalin deportó allí a miles de católicos, la Iglesia se hizo un lugar en Kazajstan. Hoy son unos 200.000 católicos, quizás un 1% de la población.
Si observamos la Historia de la Iglesia, los comienzos de la expansión del cristianismo tuvieron lugar en las priemras persecuciones por parte de los judíos. Eso obligó a muchas familias cristianas a huir de Jerusalén y de las zonas de influencia israelita.
Cuando la persecución la llevó a cabo el Imperio Romano, la expansión cristiana se generalizó a todo el orbe conocido y hoy estamos observando que cuando los critianos son expulsados y obligados a huir volvemos a encontrarnos conque llegamos a zonas del globo donde antes no hubiéramos podido soñar.
En el fondo, comprobamos que incluso los enemigos de la Iglesia cumplen los planes de Dios. Todo es providencial.
Otro día hablaremos de la voluntad de Dios y de su permisión.
lunes, 10 de octubre de 2011
Opus Dei. Una aproximación
Gracias a Dios esto no es una novedad, ni exclusivo del Opus Dei. Cualquier cristiano puede vivir en cristiano, pero el Opus Dei lo remozó. ¡Y qué bien lo dice San Josemaría cuando otros lo olvidaban...!
Con motivo de la fundación del Opus Dei
El dos de octubre hemos celebrado la fundación del Opus Dei. Dos momentos en que su "fundador" describe qué pasó ese día...
Iesu Communio y la JMJ
A lo largo de muchos años pasé de ir a Lerma, había generado un rechazo muy grande por estas ex-clarisas, hoy "Iesu Communio".
Cuando fui a Lerma en varias ocasiones, me escandalizó ciertas afirmaciones de alguna de las monjitas: "Yo siento que Cristo me ama como un hombre ama a su mujer".
En cierto sentido, puede entenderse en alguna manifestación mística o algo parecido, pero dicho a bocajarro a chavales de quince a veinte años, que era su auditorio, no puede decirse esas animaladas, a no ser que las matices.
Otro aspecto de mi rechazo a Lerma era que siempre iba todo de maravilla. Siempre que rezaban Dios las colmaba de dicha... Era como si tuvieran éxtasis continuos y sucedía que chavales que estaban con ellas, luego intentaban rezar y al ver que a ellos no les pasaba eso se desanimaban y pensaban que la contemplación no era para ellos. Veía con horror, que etas monjitas se aferraban a los consuelos sensibles y a las frases bonitas, cuando eso no es contemplación. No se trata de tener altos pensamientos, sino de un regalo de Dios que une tu voluntad a la Suya.
De hecho, en esa época huía del apostolado de la "alegría continua", como yo lo llamo porque es una gran mentira. Dios te da alegría, pero esa alegría no siempre se manifiesta en carcajadas continuas... Prefiero una espiritualidad más normal, más "a ras", como diría Luis Moya.
Esas fueron las razones por las que decidí que jamás llevaría a nadie a Lerma.
Hasta que hace un par de días, hablando con Carmen, una de las promotoras de CAyJO (grupo de jóvenes de mi parroquia) me dijo que ella no iba a Lerma por la espiritualidad que estas monjitas emanan, sino porque veía una Iglesia que ella entendía, una Iglesia donde ella cabía.
Mira, si alguien saca algo bueno de esto, ¿por qué no le voy a ayudar a seguir sacándolo? Yo no tengo por qué entenderlo todo, pero sí tengo que apoyar todo lo que apruebe la Santa Madre Iglesia, mi Madre sabe más que yo.
domingo, 11 de septiembre de 2011
domingo, 8 de mayo de 2011
Hoy ha sido el séptimo aniversario de nuestra ordenación.
Hoy ha sido un día estupendo. He quedado con un gran amigo mío que me ayudó a perseverar en el seminario. Cuando todas las esperanzas caían, bajabas al comedor y te encontrabas a José Luis, siempre con una sonrisa, aunque tuviera mucho trabajo, siempre velando por nosotros. Muchas veces le ofrecieron trabajar para grandes hoteles y restaurantes, ganó prestigiosos concursos de salsas y nunca nos abandonó.
Un ejemplo para todos los seminaristas. Aún hoy te acoge y te recibe como un padrazo. Pues hoy he quedado con él, con su mujer y sus hijas en la parroquia porque su hija quiere casarse en santa Bárbara y qué quieres que te diga, a mi familia le diría que no, pero a José Luis no se lo se decir. Lo que necesite de mí, voy a hacerlo.
Después, me he sentado a confesar... a un niño fenomenal. Éste va a llegar a cura. He rezado la Liturgia de las Horas y he hecho un ratito de oración.
Dos Misas en la parroquia. Una me ha salido con algo de bronca y la otra mucho mejor. He visto a mucha gente. He comido con mis papás. No me he podido echar la siesta porque tenía que llevar la comunión a un enfermo amigo mío de la Congre, que llevaba tres semanas sin comulgar.
He rezado las Vísperas y en el trayecto del coche el Rosario. He podido rezar otro ratito y he quemado los óleos del año pasado. Justo cuando terminaba ha llegado la familia que esperaba, hemos recibido en la Iglesia a un niño de pocos meses a quien había bautizado recién nacido cuando estaba hospitalizado.
Me he ido a los locales de la Congre y he asistido a una charlas sobre la historia de las Congregaciones Marianas de la Asunción. Les he celebrado la Misa con una monaguilla de excepción. Al terminar nos íbamos a ir al hospital para atender al padre de otra persona, pero al final ya estaba dormido, así que iremos el miércoles por la tarde.
De camino a casa, me ha dado un pelín de bajón, pero al llegar he visto muchas llamadas y mensajes en el teléfono viejo, mi director espiritual también me ha mandado un sms, algunos amigos y por fin, cuando escribía este artículo, un cura de Guadalajara al que tengo un gran cariño también me ha llamado por quinta vez, hasta que ha dado conmigo. Tengo buenos amigos y mis compañeros de curso son extraordinarios. Hoy me han hablado muy bien de uno de ellos. Me encanta que me hablen bien de mis amigos. Tengo unos compañeros que no me los merezco.
Por encima de todo, si hoy puedo celebrar mi séptimo aniversario es por pura gracia de Dios, que me quiere como nadie.
¡GRACIAS, SEÑOR! ¿Cómo te pagaré, oh Señor, todo el bien que me has hecho?
ALZARÉ LA COPA DE LA SALVACIÓN INVOCANDO TU NOMBRE, SEÑOR...
P.D.- No hay nada mejor que irse a la cama agotado y con una sonrisa en los labios. ¡Pruébalo!
martes, 3 de mayo de 2011
Un testimonio que es un bombazo.
No hay amor más grande que el de dar la propia vida por un amigo
INTERNACIONAL | REGNUM CHRISTI | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Steven Kwon, L.C. (Canadá)


P. Steven Kwon , L.C.

Hay momentos en los que la realidad supera a la imaginación, y en los que las historias de la vida real suenan como algo sacado de una novela. Mi historia empezó cuando era sólo un niño. Nunca había pensado en ser sacerdote y nunca hubiera conocido la fe católica si Dios no me hubiera sorprendido por medio de un amigo de la niñez que dio su vida para que yo pudiera conocer, amar y servir a Cristo. Fue su ejemplo lo que me convirtió a la fe.
La frase que mi mejor amigo, Jason, me dijo cuando se estaba muriendo en mis brazos fue: “¿Sabes qué, Steve?” Yo respondí: “¿Qué?” Después de respirar profundamente, Jason dijo: “Lo mejor que se puede hacer en este mundo es dar la propia vida por un amigo”. Después de esto, Jason murió en mis brazos; tenía él nueve años…
Aquí es en donde empieza la historia…
Aunque mi familia no era católica, yo crecí en un ambiente sano con amigos católicos que practicaban su fe con gran entusiasmo porque formaban parte de un grupo carismático. Gracias a ellos fui capaz de conocer algo de la fe católica.
Entonces, ¿por dónde empezar? Yo no era católico cuando nací, porque mis padres se casaron solamente por lo civil. Mi padre no era católico y no estaba dispuesto a educarnos en la fe. Mi madre, por otro lado, era católica pero respetaba la decisión de mi padre. Como resultado, fuimos bautizados cuando yo tenía once años y mi hermano menor, James, ocho.
Yo estaba en cuarto de primaria y me divertía mucho con mis amigos. Cada año íbamos a un campamento de verano, y en el invierno íbamos a esquiar a Banff y Jasper, en Alberta. Tenía muchos amigos pero, el mejor, era Jason Hanson. Él había nacido el 22 de julio de 1975 en Los Ángeles, California. Íbamos al mismo colegio y estábamos en el mismo equipo de fútbol. Él pertenecía a una familia numerosa de cuatro hermanos y tres hermanas, y era el más pequeño de los niños. Toda su familia era carismática. Su padre era soldador y su madre ama de casa. Era una familia muy amable y me trataban como a un hijo cada vez que iba a su casa.
Algo sorprendente ocurrió después de un partido de fútbol, de la liga estatal, en donde estábamos jugando Jason y yo. Estábamos ganando por dos goles, uno anotado por Jason y el otro por mí con un pase suyo. Ganamos el partido y, después, Jason me invitó a comer cerca del colegio.
Mientras caminábamos hacia una tienda Seven-Eleven, Jason me preguntó: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”
Yo le respondí: “Seguramente seré un médico y llegaré a ser un gran papá de seis o siete niños”. Jason me dijo con una sonrisa: “Pero, ¿eres feliz?”
“¡Claro que sí, soy feliz!”, le dije.
Entonces Jason me volvió a preguntar: “Yo me refiero a si eres realmente feliz”.
“Bueno, realmente no”, respondí.
Luego me dijo Jason: “Creo que yo puedo curar tu infelicidad, pero te lo

El P. Steven el día de su ordenación diaconal; actualmente desempeña su labor apostólica en Corea.

enseñaré después”.
Cuando llegamos a la tienda Seven-Eleven nos separamos. De repente, un joven de diecinueve años corrió con una pistola y empezó a amenazar a la chica que estaba en la caja registradora. Era el primer día de trabajo de esa chica. El joven la amenazó con matarla si no le daba todo el dinero. La chica estaba tan asustada que no lograba atinar los botones adecuados para abrir la caja registradora. El joven de la pistola se empezó a poner nervioso e impaciente y, cuando me vio, apuntó directamente hacia mí. Yo me quedé helado. Me sentí tan indefenso que me empecé a marear. Si él apretaba el gatillo, yo era hombre muerto. Luego vi a mi mejor amigo corriendo hacia el joven por detrás y pensé: “¿Qué estás haciendo? ¡Te matará!”
Antes de que pudiera hacer algo, vi a Jason saltar en el aire y golpear al joven por detrás. Dado que Jason era bajo de estatura, cayó al piso, apenas sorprendiendo un poco al pistolero, quien se dio la vuelta, le disparó dos balas en el pecho y salió corriendo sin el dinero.
No podía creer lo que acababa de ver. En cosa de segundos mi mejor amigo se estaba muriendo ahí, en el piso. Todo lo que habíamos hecho desde el día que le conocí hasta ese momento pasó por mi mente como un flash. Jason me llamaba: “Steve, Steve: ¿dónde estás?”
“Estoy aquí”, le dije y corrí hacia él y le cogí en mis brazos diciéndole: “Todo va a salir bien; te pondrás bien, sólo aguanta un poco”. Yo grité: “¡Llamen a una ambulancia!”.
La cajera me dijo llorando: “He llamado a la policía y a una ambulancia. Están de camino”.
Tomé a Jason y me miró con una sonrisa e, intentando respirar, dijo: “¿Sabes qué, Steve?”
Yo dije: “¿Qué?”
Respiró profundamente y me dijo: “Lo mejor que se puede hacer en este mundo es dar la propia vida por un amigo”. Después, Jason murió en mis brazos con sólo nueve años…
Fue aquí, después de esta dura experiencia, cuando sentí con fuerza mi fe y mi vocación al sacerdocio; fue aquí cuando sentí a Dios cerca de mí, llamándome a seguir sus huellas.
Yo seguí creciendo y, cuando tenía catorce años, conocí a los legionarios de Cristo. Fue la madre de mi amigo Jason quien me puso en contacto con uno de ellos, el P. Brian Wilson, en 1988.
Ese año, yo pensaba ir al campamento de verano, y el P. Brian me recomendó ir al programa de verano en el centro vocacional en Center Harbor, New Hampshire. Cambié de planes y acepté la invitación. Al final del verano de 1989 decidí quedarme y estudiar en el seminario, donde el ambiente de oración, vida de comunidad y estudio me ayudaron a madurar y a tomar la decisión definitiva de seguir el camino hacia el sacerdocio.
Jason me mostró el verdadero camino con su ejemplo de amigo y de hermano. Él, realmente, me enseñó cuál es el amor auténtico que sabe entregarse por el bien de los demás. Cristo dice en el Evangelio: “yo he venido a este mundo no a ser servido sino a servir”. Esto es exactamente lo que el sacerdote está llamado a hacer, y eso es exactamente lo que Dios quiere que haga después de este trágico suceso que me marcó el alma y que me permitió aceptar la llamada de Dios sin condiciones y sin miedos. Es como saltar de una montaña muy alta sin saber lo que encontrarás abajo. Pero Dios lo sabe y yo quiero ser su discípulo.
El P. Steven Kwon nació en 100 Mile House, British Columbia (Canadá), el 26 de octubre de 1975. Estudió en el colegio católico Our Lady of Fatima, en Edmonton, Alberta, un colegio que ya no existe. Cursó primero de secundaria en Elenor J. Toll Junior High School en Glendale, California y segundo de secundaria y la preparatoria en la escuela apostólica de la Inmaculada Concepción en New Hampshire y en Cheshire. El 15 de septiembre de 1993 entró al noviciado en Monterrey (México). Estudió humanidades en Cheshire durante dos años y luego trabajó con jóvenes durante cuatro años en los Estados Unidos y Canadá. Obtuvo la licencia en filosofía y el bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, en Roma (Italia). Actualmente trabaja con jóvenes en Seúl (Corea del Sur).

Traducción del testimonio vocacional publicado en el libro "Vivir para Cristo"
| INTERNACIONAL | REGNUM CHRISTI | TESTIMONIOS |
Testimonio vocacional del P. Steven Kwon, L.C. (Canadá)
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| P. Steven Kwon , L.C. | ||
Hay momentos en los que la realidad supera a la imaginación, y en los que las historias de la vida real suenan como algo sacado de una novela. Mi historia empezó cuando era sólo un niño. Nunca había pensado en ser sacerdote y nunca hubiera conocido la fe católica si Dios no me hubiera sorprendido por medio de un amigo de la niñez que dio su vida para que yo pudiera conocer, amar y servir a Cristo. Fue su ejemplo lo que me convirtió a la fe.
La frase que mi mejor amigo, Jason, me dijo cuando se estaba muriendo en mis brazos fue: “¿Sabes qué, Steve?” Yo respondí: “¿Qué?” Después de respirar profundamente, Jason dijo: “Lo mejor que se puede hacer en este mundo es dar la propia vida por un amigo”. Después de esto, Jason murió en mis brazos; tenía él nueve años…
Aquí es en donde empieza la historia…
Aunque mi familia no era católica, yo crecí en un ambiente sano con amigos católicos que practicaban su fe con gran entusiasmo porque formaban parte de un grupo carismático. Gracias a ellos fui capaz de conocer algo de la fe católica.
Entonces, ¿por dónde empezar? Yo no era católico cuando nací, porque mis padres se casaron solamente por lo civil. Mi padre no era católico y no estaba dispuesto a educarnos en la fe. Mi madre, por otro lado, era católica pero respetaba la decisión de mi padre. Como resultado, fuimos bautizados cuando yo tenía once años y mi hermano menor, James, ocho.
Yo estaba en cuarto de primaria y me divertía mucho con mis amigos. Cada año íbamos a un campamento de verano, y en el invierno íbamos a esquiar a Banff y Jasper, en Alberta. Tenía muchos amigos pero, el mejor, era Jason Hanson. Él había nacido el 22 de julio de 1975 en Los Ángeles, California. Íbamos al mismo colegio y estábamos en el mismo equipo de fútbol. Él pertenecía a una familia numerosa de cuatro hermanos y tres hermanas, y era el más pequeño de los niños. Toda su familia era carismática. Su padre era soldador y su madre ama de casa. Era una familia muy amable y me trataban como a un hijo cada vez que iba a su casa.
Algo sorprendente ocurrió después de un partido de fútbol, de la liga estatal, en donde estábamos jugando Jason y yo. Estábamos ganando por dos goles, uno anotado por Jason y el otro por mí con un pase suyo. Ganamos el partido y, después, Jason me invitó a comer cerca del colegio.
Mientras caminábamos hacia una tienda Seven-Eleven, Jason me preguntó: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”
Yo le respondí: “Seguramente seré un médico y llegaré a ser un gran papá de seis o siete niños”. Jason me dijo con una sonrisa: “Pero, ¿eres feliz?”
“¡Claro que sí, soy feliz!”, le dije.
Entonces Jason me volvió a preguntar: “Yo me refiero a si eres realmente feliz”.
“Bueno, realmente no”, respondí.
Luego me dijo Jason: “Creo que yo puedo curar tu infelicidad, pero te lo
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| El P. Steven el día de su ordenación diaconal; actualmente desempeña su labor apostólica en Corea. | ||
Cuando llegamos a la tienda Seven-Eleven nos separamos. De repente, un joven de diecinueve años corrió con una pistola y empezó a amenazar a la chica que estaba en la caja registradora. Era el primer día de trabajo de esa chica. El joven la amenazó con matarla si no le daba todo el dinero. La chica estaba tan asustada que no lograba atinar los botones adecuados para abrir la caja registradora. El joven de la pistola se empezó a poner nervioso e impaciente y, cuando me vio, apuntó directamente hacia mí. Yo me quedé helado. Me sentí tan indefenso que me empecé a marear. Si él apretaba el gatillo, yo era hombre muerto. Luego vi a mi mejor amigo corriendo hacia el joven por detrás y pensé: “¿Qué estás haciendo? ¡Te matará!”
Antes de que pudiera hacer algo, vi a Jason saltar en el aire y golpear al joven por detrás. Dado que Jason era bajo de estatura, cayó al piso, apenas sorprendiendo un poco al pistolero, quien se dio la vuelta, le disparó dos balas en el pecho y salió corriendo sin el dinero.
No podía creer lo que acababa de ver. En cosa de segundos mi mejor amigo se estaba muriendo ahí, en el piso. Todo lo que habíamos hecho desde el día que le conocí hasta ese momento pasó por mi mente como un flash. Jason me llamaba: “Steve, Steve: ¿dónde estás?”
“Estoy aquí”, le dije y corrí hacia él y le cogí en mis brazos diciéndole: “Todo va a salir bien; te pondrás bien, sólo aguanta un poco”. Yo grité: “¡Llamen a una ambulancia!”.
La cajera me dijo llorando: “He llamado a la policía y a una ambulancia. Están de camino”.
Tomé a Jason y me miró con una sonrisa e, intentando respirar, dijo: “¿Sabes qué, Steve?”
Yo dije: “¿Qué?”
Respiró profundamente y me dijo: “Lo mejor que se puede hacer en este mundo es dar la propia vida por un amigo”. Después, Jason murió en mis brazos con sólo nueve años…
Fue aquí, después de esta dura experiencia, cuando sentí con fuerza mi fe y mi vocación al sacerdocio; fue aquí cuando sentí a Dios cerca de mí, llamándome a seguir sus huellas.
Yo seguí creciendo y, cuando tenía catorce años, conocí a los legionarios de Cristo. Fue la madre de mi amigo Jason quien me puso en contacto con uno de ellos, el P. Brian Wilson, en 1988.
Ese año, yo pensaba ir al campamento de verano, y el P. Brian me recomendó ir al programa de verano en el centro vocacional en Center Harbor, New Hampshire. Cambié de planes y acepté la invitación. Al final del verano de 1989 decidí quedarme y estudiar en el seminario, donde el ambiente de oración, vida de comunidad y estudio me ayudaron a madurar y a tomar la decisión definitiva de seguir el camino hacia el sacerdocio.
Jason me mostró el verdadero camino con su ejemplo de amigo y de hermano. Él, realmente, me enseñó cuál es el amor auténtico que sabe entregarse por el bien de los demás. Cristo dice en el Evangelio: “yo he venido a este mundo no a ser servido sino a servir”. Esto es exactamente lo que el sacerdote está llamado a hacer, y eso es exactamente lo que Dios quiere que haga después de este trágico suceso que me marcó el alma y que me permitió aceptar la llamada de Dios sin condiciones y sin miedos. Es como saltar de una montaña muy alta sin saber lo que encontrarás abajo. Pero Dios lo sabe y yo quiero ser su discípulo.
El P. Steven Kwon nació en 100 Mile House, British Columbia (Canadá), el 26 de octubre de 1975. Estudió en el colegio católico Our Lady of Fatima, en Edmonton, Alberta, un colegio que ya no existe. Cursó primero de secundaria en Elenor J. Toll Junior High School en Glendale, California y segundo de secundaria y la preparatoria en la escuela apostólica de la Inmaculada Concepción en New Hampshire y en Cheshire. El 15 de septiembre de 1993 entró al noviciado en Monterrey (México). Estudió humanidades en Cheshire durante dos años y luego trabajó con jóvenes durante cuatro años en los Estados Unidos y Canadá. Obtuvo la licencia en filosofía y el bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, en Roma (Italia). Actualmente trabaja con jóvenes en Seúl (Corea del Sur).

Traducción del testimonio vocacional publicado en el libro "Vivir para Cristo" |
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